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El avistamiento cotidiano de vectores en zonas de alta densidad evidencia fracturas críticas en la higiene urbana, proyectando un escenario de propagación descontrolada que amenaza la salud pública sin distinción de fronteras sociales.
Salud16 de diciembre de 2025
RN
La fisonomía urbana de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires atraviesa una transformación inquietante que excede lo estético para instalarse como una amenaza directa a la salud pública. En corredores residenciales y comerciales de alto valor inmobiliario como Belgrano, Núñez y Palermo, el avistamiento de roedores ha dejado de constituir un evento anómalo o esporádico. Por el contrario, la presencia de estos mamíferos sinantrópicos se ha naturalizado como parte del paisaje cotidiano, una "nueva normalidad" que esconde una bomba epidemiológica de tiempo y evidencia fracturas profundas en la higiene urbana.
​Lo que otrora se consideraba una problemática circunscrita a zonas vulnerables o espacios abandonados, hoy no distingue fronteras socioeconómicas. El vector ha colonizado áreas de alta densidad poblacional y tránsito peatonal, exponiendo una correlación directa con el desborde en el sistema de gestión de residuos sólidos urbanos. La saturación de contenedores, sumada a una recolección que en ocasiones resulta deficiente frente al volumen de desechos generados por la actividad gastronómica y residencial, ofrece el nicho ecológico ideal —alimento y refugio— para que las colonias de Rattus norvegicus y Rattus rattus prosperen sin control biológico aparente.
​Esta explosión demográfica de roedores plantea un escenario de riesgo sanitario crítico. Desde el punto de vista infectológico, la situación actual representa un peligro latente de transmisión de enfermedades zoonóticas y vectoriales graves. Los roedores actúan como reservorios naturales de patógenos causantes de leptospirosis, hantavirus, salmonelosis y diversas parasitosis que pueden transmitirse al ser humano tanto por contacto directo como por la inhalación de aerosoles derivados de sus excreciones. La convivencia forzada en veredas, parques y plazas de estos barrios porteños eleva exponencialmente la probabilidad de contacto y, por ende, de contagio.
​El escenario se torna aún más complejo ante la inminencia de la temporada estival. Las proyecciones biológicas son contundentes: el aumento de las temperaturas actúa como un catalizador en el ciclo vital de estos animales, acelerando su metabolismo y acortando los tiempos de reproducción. Sin una intervención drástica, la llegada del verano augura una propagación explosiva de la plaga, exacerbada por la descomposición acelerada de la basura orgánica bajo el calor, lo que incrementa la oferta alimentaria para los vectores.
​Es imperativo que las autoridades gubernamentales y sanitarias de la Ciudad asuman la gravedad del diagnóstico y ejecuten medidas de control de plagas integrales y sostenidas. La desratización reactiva o focalizada resulta insuficiente frente a una población de roedores que demuestra una capacidad de adaptación y resistencia notable. Se requiere un abordaje sistémico que incluya no solo el control químico y biológico, sino también una reingeniería urgente en la logística de recolección de residuos y la limpieza de sumideros y espacios públicos.
​La problemática ha escalado a un nivel donde la inacción o la respuesta tardía pueden derivar en un brote epidémico de consecuencias imprevisibles. La ciudadanía, independientemente de su estrato social, se encuentra expuesta. Por ello, resulta fundamental extremar las medidas sanitarias preventivas tanto en el ámbito doméstico como en el comercial, sellando posibles ingresos y gestionando los residuos con rigurosidad. Sin embargo, la responsabilidad última recae en la gestión estatal, que debe desactivar esta amenaza sanitaria antes de que la saturación del sistema de higiene urbana derive en una crisis de salud pública irreversible.

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