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Radiografía de una fragilidad sistémica: entre el estrés hídrico de la cuenca del Plata y la obsolescencia de las redes de alta tensión, el bloque enfrenta su mayor prueba de resiliencia energética.
Minería & Energia02 de febrero de 2026
RN
La estabilidad eléctrica del Mercosur atraviesa un punto de inflexión donde la convergencia de la crisis climática y el letargo en la inversión de infraestructura ha transformado la seguridad energética en un riesgo soberano de primer orden. Lo que históricamente se gestionó como episodios aislados de estrés estival ha mutado hacia una vulnerabilidad estructural que amenaza con sumergir a las principales economías del bloque en un escenario de apagones recurrentes durante el bienio 2026-2027. Este fenómeno no responde a una causa única, sino a un complejo entramado de dependencias transfronterizas y fallas en la cadena de suministros que han dejado a los sistemas nacionales operando al límite de su capacidad técnica, sin márgenes de maniobra ante contingencias climáticas o fallos en el transporte.
La situación de Argentina ejemplifica la urgencia de este diagnóstico. El país arrastra un déficit de generación que, en picos de demanda estival, supera los 2.500 MW, una brecha que las autoridades intentan mitigar mediante planes de contingencia y remuneraciones extraordinarias a grandes usuarios para que reduzcan su consumo. Sin embargo, el problema subyacente reside en la red de transporte de alta tensión. Provincias como Corrientes se encuentran en una situación crítica, donde la energía fluye desde grandes centrales como Yacyretá hacia el centro del país, pero la falta de subestaciones y líneas de distribución locales impide que esa misma energía sea aprovechada eficazmente en el territorio, dejando a la región a merced de colapsos de tensión que se han vuelto sistemáticos. La fortaleza argentina sigue siendo su diversificación térmica y nuclear, pero esta se ve opacada por una infraestructura de transmisión que ha quedado pequeña para el crecimiento de la demanda.
Brasil, por su parte, enfrenta una paradoja de escala. Aunque ha acelerado su transición hacia fuentes renovables y mantiene un liderazgo indiscutible en capacidad instalada, su vulnerabilidad es intrínsecamente geográfica y sistémica. La dependencia brasileña de los sistemas extranjeros —especialmente de la energía excedente de Paraguay y las importaciones desde Argentina en momentos de sequía— revela que la seguridad energética de la mayor economía de Sudamérica no depende exclusivamente de sus represas, sino de la salud del Sistema Argentino de Interconexión (SADI) y la estabilidad del flujo desde Itaipú. El estrés hídrico prolongado ha obligado a Brasil a encender su parque térmico, mucho más costoso, lo que tensiona la balanza comercial regional y expone la fragilidad de las líneas de interconexión transfronterizas que, en ocasiones, actúan como cuellos de botella en lugar de puentes de auxilio.
En el corazón de esta red, Paraguay y Uruguay presentan contrastes significativos. Paraguay se mantiene como un exportador neto con una generación hidroeléctrica que supera con creces su demanda interna, lo que constituye su principal fortaleza geopolítica. No obstante, su riesgo no está en la generación sino en la distribución; la falta de inversión en redes internas de media tensión provoca cortes locales en medio de la abundancia energética. Uruguay, en cambio, ha logrado una resiliencia envidiable gracias a una transición temprana hacia la energía eólica y solar, pero sigue atado a la volatilidad regional. En años secos, su dependencia de la interconexión con Argentina y Brasil se vuelve crítica, subrayando que en el Mercosur no existen islas energéticas: un fallo masivo en el sistema brasileño o argentino puede arrastrar por simpatía la estabilidad de los socios menores.
El riesgo de grandes apagones en 2026 está íntimamente ligado a la rotura de las cadenas de suministro globales, que han retrasado la llegada de transformadores de potencia y componentes críticos para el mantenimiento de las centrales térmicas. La integración energética, que debería ser el seguro de vida del bloque, se percibe hoy como un vector de contagio de riesgos. La falta de un marco regulatorio unificado que incentive la inversión privada en líneas de alta tensión transfronterizas ha dejado al Mercosur con un sistema de "parches" donde la energía se intercambia por emergencia y no por eficiencia. Sin un compromiso de inversión masiva en almacenamiento y robustecimiento de las redes de transporte, el bloque corre el riesgo de que la oscuridad se convierta en la nueva normalidad de su paisaje productivo

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