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Finanzas sostenibles08 de enero de 2026
RN
La reciente escalada de las tensiones y la intervención directa de Estados Unidos en Venezuela han sido interpretadas habitualmente bajo el prisma de la crisis humanitaria y la legitimidad democrática. Sin embargo, un análisis técnico de la infraestructura financiera global sugiere que el factor determinante no se encuentra en las urnas, sino en la amenaza existencial que representa la desconexión de las reservas de crudo más grandes del mundo del sistema de liquidación en dólares.
Desde el acuerdo de 1973 con Arabia Saudita, el "petrodólar" ha otorgado a Estados Unidos lo que el exministro francés Valéry Giscard d'Estaing denominó el "privilegio exorbitante": la capacidad de financiar déficits crónicos y emitir deuda a tasas bajas gracias a la demanda global obligatoria de dólares para adquirir energía. Venezuela, al poseer aproximadamente 303.000 millones de barriles de reservas probadas, se ha convertido en el epicentro de una disputa técnica por la supervivencia de este modelo.
El giro estratégico hacia China y la arquitectura financiera de los BRICS ha sido el detonante crítico. La reciente emisión de bonos soberanos chinos, que atrajo una demanda masiva de 118.000 millones de dólares, junto con la disposición de Caracas a liquidar transacciones petroleras en yuanes o mediante sistemas de pago alternativos al SWIFT, puso en jaque la capacidad de Washington para utilizar el dólar como herramienta de coacción geopolítica. La salida de Venezuela del sistema del petrodólar no es un evento aislado, sino un catalizador que podría acelerar un efecto dominó en otras economías emergentes, erosionando el control estadounidense sobre la liquidez global.
Desde una perspectiva de seguridad nacional, el Departamento de Estado y el Pentágono han justificado sus acciones mediante acusaciones de narcoterrorismo y defensa de la soberanía regional. No obstante, la precisión de las operaciones militares contra los sistemas de defensa S-200 y la rapidez en la reconfiguración del control sobre los activos de PDVSA indican una prioridad clara: la reintegración de los recursos energéticos venezolanos bajo el paraguas financiero de Occidente. El objetivo técnico es neutralizar cualquier intento de crear un mercado petrolero paralelo que no dependa de la Reserva Federal.
El panorama resultante para Venezuela es complejo y de una incertidumbre sistémica. Mientras que la administración estadounidense proyecta una transición hacia una gobernanza alineada con sus intereses y la recuperación de activos nacionalizados, la realidad en el terreno muestra una nación atrapada en una transición multipolar. La intervención ha logrado, de momento, frenar el avance de la influencia financiera de Beijing en el hemisferio occidental, pero a un costo elevado para la estabilidad del derecho internacional y la arquitectura de la ONU.
En última instancia, el conflicto en Venezuela debe entenderse como una batalla de divisas y mercados de capitales. La supervivencia de la hegemonía estadounidense depende de su capacidad para dictar en qué moneda se vende la energía mundial. En este tablero, el destino de Caracas es la pieza clave para sostener la demanda de una divisa que, por primera vez en ocho décadas, enfrenta una alternativa viable y tecnológica en el bloque euroasiático. El futuro de la economía global se está decidiendo, en gran medida, en el subsuelo de la Faja del Orinoco.

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