

La gestión de residuos en Argentina enfrenta un enemigo silencioso pero implacable: el cambio climático. A medida que las tormentas se vuelven más intensas y frecuentes, los sistemas de recolección y disposición final de basura —desde rellenos sanitarios hasta los miles de basurales a cielo abierto— muestran su vulnerabilidad, amenazando con convertir cada lluvia fuerte en una crisis sanitaria.
En la planificación urbana argentina, la gestión de Residuos Sólidos Urbanos (RSU) y la gestión de riesgos hídricos suelen correr por carriles separados. Sin embargo, la realidad meteorológica está obligando a cruzar estos caminos de manera urgente. Con fenómenos como El Niño o las sudestadas intensificando los regímenes de lluvia en el Litoral y la región Pampeana, la basura mal gestionada se ha transformado en un vector de contaminación masiva.
El "Eslabón Débil": Los Basurales a Cielo Abierto
Según datos del Ministerio de Ambiente, Argentina cuenta con más de 5.000 basurales a cielo abierto. A diferencia de los rellenos sanitarios controlados (como los de CEAMSE), estos sitios carecen de impermeabilización de suelos y sistemas de drenaje.
Cuando una amenaza hidrometeorológica golpea —una tormenta severa o una inundación por desborde de cauce—, estos basurales se comportan como esponjas tóxicas. El agua de lluvia satura la masa de residuos, generando un exceso de lixiviados (el líquido oscuro y contaminante producto de la descomposición).
Sin contención, este "jugo de basura" es arrastrado por la escorrentía superficial hacia arroyos, ríos y napas freáticas cercanas. En cuencas críticas como la del Río Reconquista o el Matanza-Riachuelo, esto significa que metales pesados y patógenos se diseminan kilómetros más allá del sitio de disposición, afectando directamente a las poblaciones vulnerables asentadas en las planicies de inundación.
La Operatoria en Jaque
No es solo un problema de contaminación química; es también un colapso logístico. Los eventos climáticos extremos paralizan la operatoria de la gestión de residuos de tres formas clave:
- Intransitabilidad: La mayoría de los sitios de disposición final en el interior del país tienen accesos de tierra. Las lluvias intensas convierten estos caminos en lodazales, impidiendo el ingreso de camiones recolectores. Esto provoca que la basura se acumule en las calles de las ciudades justo cuando más se necesita limpieza para evitar anegamientos.
- Colapso de Drenajes Urbanos: Es un círculo vicioso. La basura no recolectada o dispuesta incorrectamente en la vía pública es arrastrada por el agua hacia las bocas de tormenta (sumideros). Esto reduce drásticamente la capacidad de drenaje de las ciudades, agravando las inundaciones urbanas. Una bolsa de basura en una esquina puede ser la diferencia entre una calle transitable y una casa inundada.
- Falla de Infraestructura de Tratamiento: Incluso en rellenos sanitarios formales, las plantas de tratamiento de líquidos lixiviados están diseñadas para un caudal promedio. Las lluvias torrenciales pueden superar la capacidad de las piletas de almacenamiento, obligando a volcar líquidos con tratamiento insuficiente a los cursos de agua para evitar el desborde estructural de las lagunas.
Hacia una Infraestructura Resiliente
La situación exige un cambio de paradigma. Ya no basta con "recolectar y enterrar". La nueva gestión de RSU en Argentina debe incorporar el análisis de riesgo de desastres.
Expertos en ingeniería sanitaria advierten que es necesario rediseñar los sitios de disposición final considerando las nuevas cotas de inundación proyectadas para los próximos 20 años, y no las históricas. Además, se requiere inversión en "Cierre y Saneamiento" de los basurales ubicados en zonas inundables (humedales y márgenes de ríos).
El mensaje es claro: si la infraestructura de saneamiento no se adapta a la nueva realidad climática, el agua no solo traerá inundaciones, sino que distribuirá la contaminación que creíamos haber enterrado bajo la alfombra.


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