Resiliencia Estratégica: El Imperativo de la Gestión de Riesgos en el Corazón Productivo del Cono Sur

De la vulnerabilidad logística a la soberanía operativa: un análisis técnico sobre la continuidad de negocio en los sectores críticos de Sudamérica.

Logística y Transporte07 de enero de 2026RNRN
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La región del Cono Sur, integrada por las potencias agroindustriales de Argentina y Brasil, la capacidad minera y energética de Chile y el nodo logístico emergente de Paraguay, enfrenta un escenario de riesgos sistémicos sin precedentes. La interdependencia de sus cadenas de suministro exige una evolución desde la gestión reactiva de crisis hacia una Gestión Integral de Riesgo de Desastres (GIRD) que sea técnica, predictiva y, sobre todo, transfronteriza. La geografía regional impone desafíos únicos que van desde la sismicidad andina hasta las inundaciones recurrentes en la Cuenca del Plata y las sequías prolongadas que afectan la hidrovía Paraná-Paraguay. En este contexto, la cadena de suministro no puede entenderse como una sucesión de procesos lineales, sino como un ecosistema vivo donde la falla de un nodo en el Mato Grosso puede paralizar la producción automotriz en Córdoba o el suministro alimenticio en Santiago.

Para el sector alimenticio, la gestión de riesgo debe centrarse en la redundancia energética y la telemetría avanzada como ejes de la inviolabilidad de la cadena de frío. El mantenimiento de la temperatura controlada en una región con infraestructuras eléctricas a veces saturadas requiere la implementación de protocolos de resiliencia pasiva. Esto implica que los centros de distribución y las flotas de transporte no solo deben contar con sistemas de respaldo térmico, sino con modelos predictivos de rutas que eviten zonas de desastre climático, asegurando que el producto mantenga su integridad fisicoquímica frente a interrupciones prolongadas del suministro o bloqueos logísticos. La seguridad alimentaria regional depende de esta capacidad de anticipación técnica frente a fenómenos como El Niño, que alteran la estabilidad operativa de los principales corredores viales y fluviales.

En las industrias minera y química, el riesgo de desastre adquiere una dimensión de seguridad pública y ambiental extrema donde la gestión debe priorizar el análisis de consecuencias de baja probabilidad y alto impacto. En las zonas mineras de Chile y Argentina, la integridad de los depósitos de relaves y el transporte de precursores químicos exigen una ingeniería de diseño que supere los estándares sísmicos históricos, incorporando sensores de monitoreo estructural en tiempo real vinculados a sistemas de alerta temprana comunitarios. La colaboración público-privada es esencial para garantizar que un desastre natural no se transforme en una catástrofe tecnológica de tipo Natech, donde la liberación de sustancias peligrosas tras un sismo o inundación podría generar impactos ambientales irreversibles a ambos lados de la cordillera.

La industria automotriz del Cono Sur representa el ejemplo máximo de integración regional, particularmente entre Argentina y Brasil, donde un desastre en la infraestructura vial o portuaria desarticula inmediatamente el modelo operativo. Para mitigar esta vulnerabilidad, las organizaciones deben transitar hacia esquemas de inventarios estratégicos de componentes críticos y la diversificación de proveedores dentro de la zona. La digitalización de la cadena mediante torres de control logístico permite visualizar en tiempo real los cuellos de botella generados por eventos climáticos o sociales, permitiendo una reconfiguración dinámica de la producción antes de que el impacto sea crítico. Esta agilidad operativa es la única respuesta técnica viable frente a la fragilidad de los pasos fronterizos y la dependencia de infraestructuras críticas compartidas.

Finalmente, la industria energética actúa como el soporte vital de todas las actividades precedentes, lo que obliga a considerar su resiliencia como una cuestión de seguridad nacional. La vulnerabilidad de las redes de transmisión y de las centrales hidroeléctricas ante eventos climáticos extremos en la región del Guairá o la Patagonia requiere una inversión robusta en microredes y descentralización operativa. La gestión de riesgos en este sector debe enfocarse en la protección de activos críticos frente a fenómenos meteorológicos adversos y en la ciberseguridad industrial, garantizando que, ante un evento mayor, exista una capacidad de recuperación elástica que priorice el suministro a servicios esenciales. En última instancia, la competitividad de la región en el mercado global no dependerá únicamente de su capacidad productiva, sino de su capacidad de resistir, adaptarse y recuperarse de los desastres que afectarán sus fronteras.

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