El Realismo Político Frente a la Utopía Libertaria: Por Qué Maquiavelo Sigue Dictando las Reglas

La vigencia de la técnica del poder ante el desafío de la refundación institucional en la Argentina contemporánea.
Política 01 de febrero de 2026RNRN
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En el escenario político actual, la irrupción de Javier Milei ha intentado instalar la narrativa de una ruptura definitiva con las prácticas del pasado, sugiriendo que las viejas reglas del poder han sido superadas por una nueva moralidad de la libertad. Sin embargo, detrás de la retórica disruptiva y el desprecio por la "casta", emerge una realidad ineludible: la mecánica del poder no ha mutado. Nicolás Maquiavelo, el florentino que desnudó la anatomía de la dominación, no ha muerto; por el contrario, su sombra se proyecta con más fuerza precisamente sobre aquellos que pretenden ignorar sus advertencias bajo la bandera del idealismo doctrinario.

El nudo gordiano de la gestión actual se halla en una sentencia fundamental de El Príncipe: “Hay que tener en cuenta que no hay nada más difícil de llevar a cabo, ni más dudoso en cuanto a su éxito, ni más peligroso de manejar, que iniciar un nuevo orden de cosas”. Esta máxima no es una simple observación histórica, sino una ley de hierro de la ciencia política que Milei enfrenta en cada pulseada legislativa y en cada conflicto distributivo. Mientras el presidente argentino se posiciona como un "outsider" que desprecia el pragmatismo negociador, la advertencia maquiavélica le recuerda que aquel que innova en las instituciones se convierte en enemigo de todos los que se beneficiaban del orden anterior, mientras que solo encuentra defensores tibios en quienes podrían beneficiarse del nuevo.

La vigencia de Maquiavelo reside en la comprensión de que la política no es el terreno de lo que "debe ser", sino de "lo que es". Milei opera bajo la premisa de que la verdad económica y la superioridad moral de su modelo bastarán para torcer la voluntad de los actores preexistentes. No obstante, el realismo político enseña que la legitimidad de origen no garantiza la gobernabilidad de ejercicio. El florentino argumentaría que el ímpetu refundacional, si no se acompaña de una construcción de poder que contemple las pasiones humanas y los intereses corporativos, corre el riesgo de naufragar en la impotencia. La política, en términos técnicos, sigue siendo una lucha por la permanencia y la consolidación, donde la "virtù" del líder se mide en su capacidad para adaptarse a la "fortuna" y a las resistencias estructurales del Estado.

 En contraste con la visión mileísta de una política que puede ser reducida a una transacción técnica o a una batalla cultural, Maquiavelo sostiene que el conflicto es la esencia misma de lo público. Negar la necesidad de las mediaciones, el valor del consenso o la importancia de las estructuras intermedias no hace que estas desaparezcan; simplemente las transforma en obstáculos insalvables. El nuevo orden de cosas que se pretende instaurar en Argentina requiere, paradójicamente, de las herramientas que el manual maquiavélico describe con frialdad quirúrgica: la gestión de la crueldad y el beneficio, la economía de la violencia simbólica y, fundamentalmente, la comprensión de que el éxito de una reforma no depende de su justicia teórica, sino de la solidez de los cimientos políticos que la sostienen.

Finalmente, la figura de Maquiavelo prevalece sobre la negativa política de Milei porque la realidad siempre termina por imponerse sobre el dogma. El presidente puede proscribir el nombre del florentino en su discurso, pero no puede escapar a sus leyes. Mientras la administración nacional intente navegar las aguas de la transformación radical, se encontrará una y otra vez con el espejo de un hombre que, hace cinco siglos, ya sabía que el éxito de un innovador depende de su capacidad para ser tanto león como zorro. La muerte de Maquiavelo es una ilusión óptica de quienes creen que la voluntad individual puede suprimir las leyes gravitacionales del poder.

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