
La promesa de refundar la Argentina sobre los cimientos de una pureza liberal perfecta choca hoy contra su prueba más implacable: la realidad de los bolsillos. A mitad de mandato, el experimento de La Libertad Avanza experimenta un desgaste acelerado no por sus derrotas discursivas, sino por sus propias contradicciones materiales. El verdadero talón de Aquiles de una eventual reelección de Javier Milei no se gesta en la superestructura de la política tradicional, sino en una economía real que asfixia al contribuyente, mantiene estructuras corporativas intactas y castiga con crueldad quirúrgica a los eslabones más indefensos de la sociedad.
El primer pilar de este colapso potencial radica en la persistencia de un andamiaje tributario confiscatorio que el relato oficial prometió demoler. Los principales impuestos nacionales y provinciales, empezando por un IVA regresivo que pulveriza el consumo masivo y la pesada carga distorsiva de Ingresos Brutos, continúan sin mostrar una baja estructural y significativa que alivie al sector productivo. En paralelo, y en abierta contradicción con el catecismo libertario, el Estado sostiene un esquema de subsidios encubiertos y asistencialismo monetario constante para sectores masivos, pero carece absolutamente de un plan real de contención social o de reconversión laboral que capacite a los jóvenes para el futuro. Se subsidia la supervivencia precaria mientras se destruye el tejido productivo formal.
Ese contraste entre la teoría doctrinal y la pragmática del ajuste queda en evidencia al observar dónde se recorta y a quién se protege. Tras sufrir una derrota política insoslayable al intentar arrasar con el presupuesto universitario, la administración nacional optó por replegarse sobre el blanco más indefenso: el área de discapacidad. Recortar recursos en pensiones y prestaciones destinadas a personas con discapacidad expone una insensibilidad intolerable, más aún cuando el aparato estatal acumula denuncias sistemáticas por graves problemas de idoneidad en los nombramientos y múltiples sospechas de malversación de fondos públicos en áreas sensibles de gestión.
La degradación de la gestión se corrobora también en el plano ético, convertido otrora en la principal bandera de campaña. El oficialismo intentó erigir la moral como una política de Estado inflexible, pero en la práctica cotidiana esa vara se desvanece. Lejos de debatir con argumentos de peso técnico real, balances auditados o datos económicos contrastables, la retórica oficial se parapeta en la descalificación sistemática del adversario mediante supuestos ficticios y ataques en redes sociales. Cuando la economía no da respuestas, los impuestos no bajan, la ayuda social se vuelve ineficiente y la pretendida superioridad moral se desploma bajo el peso de los propios escándalos de corrupción, el sueño de la reelección corre el riesgo de naufragar en el descontento popular.


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